lunes, 23 de octubre de 2017

Horizonte Ryalcao

  
Dos joyas del diseño contemporáneo.
 
La semana pasada comenzamos a excavar un fortín del ejército franquista situado al noreste del término municipal de Brunete (Madrid). Los comienzos de la arqueología de la Guerra Civil son siempre duros. La última ocupación de los yacimientos suele estar compuesta por densas acumulaciones de materiales detríticos actuales en posición secundaria -o sea, mierda. 

Pero como arqueólogos contemporáneos que somos, nunca podemos dejar de realizar algún comentario sobre la extraordinaria riqueza material que nos encontramos. En este caso la riqueza es realmente extraordinaria, porque el fortín en cuestión fue usado como vertedero ilegal durante años. Los materiales que documentamos e pueden repartir en cuatro apartados: lúdico-festivo, doméstico, automoción y mundo ñapas. 

Al mundo ñapas pertenecen latas de pintura, rodillos y restos constructivos (cemento, contrachapado, cubiertas de fibra). Al apartado de automoción una significativa variedad de objetos que incluyen latas de aceite y baterías. Los vestigios domésticos están bien representados por alguna maceta, latas de aceite familiares y bastante vajilla, por lo general de una estética pavorosa. Finalmente, el apartado lúdico es quizá el mejor representado. Se trata de docenas de botellas, algunas de ellas depositadas dentro de bolsas de plástico, que en su momento contuvieron vino, cerveza y champán. 

Bolsa de plástico llena de botellas de vidrio
 
También aparecen botellas de refresco de dos litros. Las de champán son particularmente abundantes y nos llevan directamente al período navideño. Nos podréis decir que esto es sobreinterpretar, pero otros datos corroboran la hipótesis: se trata de envoltorios de turrón, que aparecen cerca de las botellas. Otros elementos lúdico-festivos son varios sobres de snacks. 

Los depósitos documentados hasta la fecha fueron realizados claramente en distintos momentos, pero aparentemente no muy alejados en el tiempo, dada la homogeneidad de materiales. La datación viene dada por dos artefactos con evidencia epigráfica: un tetrabrik de 20 cl de una bebida de cacao y un bote de ketchup. 

El primero es de un producto conocido como Ryalcao, totalmente exótico para un servidor pero por lo visto muy popular en el Madrid de los años 80. Lo producía una fábrica madrileña, de hecho, pero la empresa era colombiana. Cerró en 1995 y en ello tuvieron mucho que ver los aranceles impuestos por la Unión Europea. No nos hace falta el dato, en cualquier caso, porque la fecha de caducidad de nuestro Ryalcao es 1993. 

Por lo que se refiere al ketchup, se trata de la marca Uncle Williams que reproduce en sus contenedores la forma de un barril. Es lo que se llama un diseño de mierda y no lo decimos nosotros. La marca pertenece a la estadounidense Heinz, fundada en 1869. No sabemos cuál ha sido la fortuna del barrilete ni tampoco importa, porque también este contenedor tiene fecha de caducidad: 1991. Dado que normalmente las cosas se consumen antes de que caduquen, podemos datar los depósitos detríticos que estamos excavando con bastante probabilidad entre 1990 y 1992.

Esta fecha no carece de sentido. La producción de basura en España prácticamente se duplicó en década y media a partir de 1990: creció un 96% entre ese año y 2007. El crecimiento se atribuye al aumento de la población, el poder adquisitivo y el turismo. Pero vertederos ilegales como el que estamos excavando apuntan a otra posibilidad. 

Quizá el incremento exponencial se debe a que a partir de 1990 crece el control sobre la gestión de los residuos y por lo tanto resulta más fácil cuantificar la basura que se está produciendo realmente. En nuestra experiencia como arqueólogos, de hecho, la mayor parte de los desechos recientes de los yacimientos se pueden datar entre los años 70 e inicios de los 90. 

El estudio de los vertederos ilegales, aunque no parezca muy apasionante (y la verdad es que es bastante asqueroso), en realidad podría servir para comprender mejor la evolución del consumo y la producción de residuos en España antes de los años 90. En Estados Unidos ya se ha hecho.

En todo caso, dado que nuestro interés por este tipo de depósitos tiene su límite, en breve traeremos la retroexcavadora para agilizar el trabajo y acercarnos más rápido a la Guerra Civil. Pero si durante el trabajo aparece algún tesoro más, no os preocupéis que os lo haremos saber.

domingo, 22 de octubre de 2017

¿Cómo comienza una guerra?


Con mucha frecuencia la gente nos pregunta, o más bien se pregunta retóricamente ¿cómo pudo empezar la Guerra Civil? ¿Qué llevó a los españoles a matarse en masa? La respuesta más fácil y una de las más populares es que fue una locura colectiva. Pero desgraciadamente no es verdad. Aquí siempre hemos insistido en que las ciencias sociales tienen como objetivo explicar (o ayudar a comprender) los fenómenos sociales, por eso son ciencias. De ahí que la imagen de la locura transitoria no nos parece que ayude a clarificar mucho el pasado. Y tampoco el presente.

Es díficil explicar cómo empiezan las guerras. Cada guerra es única, porque en ella se conjugan factores históricos peculiares. Por eso, también, es difícil predecir cuándo va a comenzar un enfrentamiento bélico. Como sucede con los economistas, los que estudiamos la historia somos bastante buenos explicando lo que ya ha pasado, pero muy malos adivinando el futuro.

Por desgracia, la crisis por la que pasa España en este momento nos ayuda un poco a entender cómo empiezan los conflictos armados. También a entender cómo no empiezan, porque en España no va a haber una guerra, eso está claro. Nos encontramos en un ambiente muy tenso, donde cualquier juicio u opinión desencadena una inusitada violencia verbal por un lado o por otro. Enseguida queda uno encasillado en un bando. Por eso aquí evitaré emitir ningún juicio sobre la razón de ninguna de las partes implicadas, sobre las bondades de la unidad de España o de la Cataluña independiente. Creo que ambas posturas pueden ser defendidas legítimamenete y de forma argumentada, pero no es mi tarea como investigador del pasado -y menos aún como arqueólogo- el opinar sobre la forma en que debe organizarse nuestro país.

Pero sí creo que, como científico social, puedo reflexionar sobre cuestiones más generales. Que es de lo que se trata en esta entrada ¿Qué favorece que se desencadene la violencia colectiva?

Habría que comenzar diciendo que el ambiente tenso al que me acabo de referir es, en sí mismo, característico de situaciones prebélicas. Lo que no quiere decir que lleve a la guerra. Existen ocasiones donde la situación ha sido extremadamente tensa y los discursos muy agresivos sin que se haya producido una guerra (pensemos en el caso de la crisis de los misiles en Cuba, en 1962). Pero desde luego ayuda: la Radio Mil Colinas, que se dedicó a inflamar los ánimos de los hutus antes del genocidio, tuvo un papel clave en la masacre de Ruanda en 1994.


Es característico de situaciones prebélicas también que se extienda la idea de que la palabra ya no sirve. Que se ha acabado el momento del diálogo y que hay que pasar a la acción. Lo que no quiere decir que la ruptura del debate político lleve necesariamente a la guerra. Pero nuevamente, ayuda mucho. Recordemos la Guerra de Irak y el deseo del gobierno de Bush por acabar con las negociaciones, contra el juicio de la ONU y sus expertos.

Es típico también de ambientes previos a un conflicto armado que la gente enarbole banderas, cante himnos, repita eslóganes, demonice al contrario, lo perciba como un enemigo al que hay que vencer y no convencer. Lo que no significa que este ambiente más propio de un estadio de fútbol que de una democracia conduzca a un enfrentamiento armado. Porque aquí no va a haber un enfrentamiento armado. 

En España no va a haber una guerra. Pero no porque no exista el ánimo en muchos de someter al contrario o imponer su verdad por la fuerza, sino porque las guerras requieren de la conjunción de más factores que el voluntarismo de los patriotas, por muchos que sean estos. Elementos fundamentales, por ejemplo, en el caso de los conflictos civiles, son la división de las fuerzas armadas, la quiebra institucional y el colapso del Estado, como ha recordado hace poco el historiador Julián Casanova. Cosa que no se da en nuestro país.

Pero cuando veo tanta gente agitando banderas tan alegremente, no puedo dejar de recordar el ambiente de fiesta del comienzo de la Primera Guerra Mundial, especialmente en Inglaterra. Masas de ciudadanos salieron a las calles en pleno fervor patriótico para celebrar que su país había decidido sustituir la negociación por la imposición de la fuerza. Estaba clarísimo entonces para una mayoría que la única posibilidad para mantener el orden en Europa era por la fuerza de las armas, aunque ello implicara la guerra generalizada.


Británicos saludan la declaración de la guerra el 4 de agosto de 1914 en Londres. Más de ochocientos mil ciudadanos del Reino Unido perderían la vida durante el conflicto.
 
En ambientes prebélicos a los que primero se señala es a quienes abogan por la paz. Se convierten en enemigos peores que el enemigo -traidores, cobardes, derrotistas. En ambientes prebélicos los "hombres buenos", como describe el historiador Ruiz Manjón a los que optaron por el diálogo y la comprensión del otro y evitaron las soflamas incendiarias antes y durante la Guerra Civil, son, desgraciadamente, una minoría. Por eso, también, comienzan las guerras.

Conviene aquí recordar unas palabras escritas por un testigo de los dos conflictos mundiales: 
"Cuantos más brutales los medios, más resentidos estarán los enemigos, con lo que endurecerán la resistencia que se trata de vencer... cuanto más se trata de imponer una paz totalmente propia... mayores son los obstáculos que surgirán en el camino... la fuerza es un círculo vicioso -o mejor, una espiral- salvo que su aplicación esté controlada por el cálculo más razonado".
Estas palabras no son de ningún hippy. Las escribió el capitán Sir Basil Henry Liddell Hart, soldado y teórico militar. Fue uno de los principales adalides de la guerra mecanizada, también de la reconstrucción del ejército de Alemania Occidental en los años 50. Liddell Hart no era un pacifista y su postura es ante todo práctica. Imponer a toda costa la postura de uno, por mucha razón que se tenga, solo empeora los conflictos, cuando no los provoca. El militar británico lo sabía bien, porque la Paz de Versalles, que obligó a Alemania a una rendición incondicional y humillante después de la Primera Guerra Mundial, solo sirvió para allanar el camino a la siguiente. 

Se ha convertido en un lugar común decir que es necesario preservar el patrimonio de la Guerra Civil, o de cualquier guerra moderna, para aprender de nuestros errores. Estamos de acuerdo. Pero estudiar y musealizar trincheras y fortines sirve de poco si no entendemos qué condiciones se dieron en la sociedad para que comenzara la violencia.


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El texto de Liddell Hart está citado en la obra de F. Aznar Fernández-Montesinos, Entender la Guerra en el Siglo XXI. Ministerio de Defensa / Universidad Complutense, 2010.

Grabado a fuego


El domingo por la noche nuestro equipo llegó a Brunete para iniciar una nueva campaña arqueológica, esta vez centrada en la excavación de fortines franquistas construidos en 1938. Nada más llegar, las noticias que venían de Galicia eran desoladoras. A las doce de la noche, Aitor, brigadista y colaborador de nuestro proyecto, nos enviaba un mensaje señalando que comenzaba a arder Repil.


Los que seguís nuestro blog sabéis que Repil es un sitio abandonado en el que fue exterminada la IIª Agrupación del Ejército Guerrillero de Galicia el 20 de abril de 1949. En el último medio siglo, Repil siempre ha sufrido incendios, uno por década, casi. En nuestras excavaciones de junio de 2016 registramos niveles de ceniza correspondientes a esta actividad pirómana. De hecho, el colapso definitivo de la casa (abandonada en 1964) tuvo lugar tras uno de estos pavorosos incendios.


Como decimos, en Repil, en la madrugada del pasado domingo, surgieron las llamas que casi se llevan por delante las parroquias limítrofes. Los vientos del huracán Ofelia, unidos a la maldad del terrorista pirómano de turno, casi provocan una tragedia. Las aldeas de Ríos y de Alto (Chavaga) tuvieron que ser evacuadas, mientras que en Cereixa la situación se hizo insostenible en los alrededores de Cima de Vila. La autogestión vecinal y la ayuda de jóvenes procedentes de otras zonas del ayuntamiento fueron fundamentales para controlar la situación.


En Repil empieza y termina esta historia que os queremos contar. La casa de Repil no se salvó por un milagro. Permanece gracias a las labores de desbroce que periódicamente lleva a cabo Antonio Díaz Amaro, quien emplea su tiempo y su dinero para conservar y proteger estas ruinas. Permanece gracias a brigadistas que, como Aitor, pusieron su empeño en preservar estas piedras. Es emocionante ver cómo se luchó contra las llamas, en primera línea, definiendo un anillo de protección de la casa. Es alucinante comprobar cómo los brigadistas trataron esta casa en ruinas como si fuese una casa habitada. Estos chavales, auténticos héroes, se negaban a perder Repil, quizás no por lo que era, sino por lo que significaba.


Aún, a día de hoy, hay gente que valora el éxito de una excavación arqueológica en contextos contemporáneos por la cantidad y calidad de piezas halladas. Evidentemente eso no es así. En el caso de Repil, el éxito vino dado al exponer públicamente un paisaje, hasta ese momento, ausente. Gracias a la Arqueología, en los dos últimos años, Repil se ha recuperado como lugar de memoria. Quizás sin esta Arqueología previa, no se hubiera prestado atención a este foco de fuego y se hubieran centrado los esfuerzos en otros parajes igualmente amenazados.

La memoria de lo que ocurrió en Repil es una memoria grabada a fuego. Como la bandera republicana que, en lo alto de un roble, sobrevivió a los pirómanos que se están cargando el Reino de España.


martes, 17 de octubre de 2017

A las puertas de la cámara del tesoro

Cosas maravillosas. (c) Álvaro Minguito.

"Todo arqueólogo", escribe Laurent Olivier, "ha soñado algún día con tocar el pasado de cerca, de encontrar ese lugar donde la cámara del pasado ha permanecido intacta, tal y como era en el momento preciso en que el tiempo se ha cerrado sobre ella".

El pasado mes de julio descubrimos esa cámara del pasado en que el tiempo se ha detenido. Y no hemos podido excavarla. No nos ha pasado más que una vez antes: el darnos de bruces con un hallazgo espectacular a uno o dos días del cierre de la excavación. Pero este año ha vuelto a suceder. Entre las ruinas del asilo de Santa Cristina se escondía un tesoro de la Guerra Civil: un basurero al que fueron a parar los restos que dejó tras de sí la guerra en este sector de la Ciudad Universitaria de Madrid.

Nos topamos con cientos de cartuchos sin usar, huesos de fauna, madera, botellas enteras, restos de uniforme, un par de granadas de mortero... En un estupendo estado de conservación y todo en menos de un metro cuadrado -una pequeña porción de la extensión real del depósito, que puede esconder cosas increíbles. Aparentemente, tras la rendición de Madrid, los militares utilizaron un refugio de tropa semisubterráneo construido entre los edificios del asilo para deshacerse de gran cantidad de material, mucho de él en buen estado.

Como no nos daba tiempo a excavarlo en condiciones decidimos taparlo cuidadosamente y dejarlo para la próxima campaña. Bajo dos metros de tierra, escombro y tela geotextil, el tesoro y sus secretos tendrán que aguardar unos meses más a que los revelemos.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Arqueología de (la) guerrilla (III)

Ocupación guerrillera de cuevas en Macedonia occidental durante la guerra civil griega.

Ya vimos como la Arqueología de la guerrilla es mimada por jóvenes países que hasta hace poco fueron naciones sin estado. La resistencia nacional como recurso museístico. Esto seguirá pasando. Catalunya, por ejemplo, no es una excepción, como lo demuestra el uso político de las ruinas del Born, sin ir más lejos. Todo depende de la victoria y de la derrota. De guerrillas derrotadas se habló largo y tendido en nuestra sesión de Maastricht. Quizás uno de los casos que más nos impresionó fue el de la guerrilla comunista en la guerra civil griega. Porque hay mucha historia, más allá de los británicos refortificando el Partenón para evitar la llegada de los rojos. Michalis Kontos y Agni Karadimou nos mostraron las ocupaciones guerrilleras de cuevas en la Macedonia occidental. En algún caso nos recordaba a la Batalla del Ebro en la guerra civil española, con cuevas empleadas como hospitales y zonas de descanso en primera línea, o el Maestrazgo ocupado por la Agrupación guerrillera de Levante en los años 40. Como en el caso del actual Reino de España, el recuerdo de aquella guerrilla derrotada se mantiene en el paisaje, en la tradición oral y en segmentos muy politizados de la sociedad civil. Asociaciones griegas de izquierda son los guardianes de estos lugares de memoria, muchos de ellos vandalizados por fascistas de Amanecer Dorado. 

Monumentos al Ejército Democrático de Grecia.

En esta misma línea, en tres comunicaciones, Rui Gomes (Rutgers University, USA), Carlos Tejerizo (INCIPIT, CSIC) y Xurxo Ayán (Universidad del País Vasco) nos mostraron el carácter pionero de la lucha guerrillera antifranquista en el NW de la Península Ibérica, cuna de la primera Federación de Guerrillas de León-Galicia (1942). Con el paso del tiempo sería el Partido Comunista el que controlase este movimiento en los años terminales de la resistencia armada. Sitios como Cambedo, la Cidade da Selva o Repil se conciben ahora, por primera vez, como áreas arqueológicas para estudiar la lucha contra Salazar y Franco a través del paisaje y de las cosas.

A la búsqueda de la Cidade da Selva, campamento de la guerrilla 
en las estribaciones de Pena Trevinca (Ourense-León).

La guerrilla como experiencia sensorial, perceptiva y fenomenológica comienza a abrirse como objeto de estudio. Hombres y mujeres que agudizan los sentidos para sobrevivir, que se ocultan en cuevas, chozos de pastores y abrigos rocosos, que se mueven rápido por paisajes agrestes y montañosos. Esta vertiente sensorial ha sido desgranada de manera magistral por Sarah di Nardi, nieta de partisanos italianos, que sabe desgranar las vivencias recogidas en los testimonios orales y escritos de los guerrilleros. Sentimientos probablemente universales, vividos por resistentes que se echaron al monte (o al desierto, o a la tundra, o a la selva), en todo tiempo y lugar.

Sarah di Nardi hablando de las materialidades invisibles de los partisanos.


martes, 12 de septiembre de 2017

Arqueología de (la) guerrilla (II)

Público asistente a la sesión de Arqueología de las guerrillas europeas.

Algunos seguidores de nuestro blog nos acusan de ser sectarios y partidistas a la hora de practicar la Arqueología del Pasado Contemporáneo, hagamos lo que hagamos. La sesión que organizamos en Maastricht sobre guerrillas, resistencias, paisajes y memorias, estuvo abierta a aportaciones de toda clase y condición: guerrillas comunistas y anticomunistas, por poner un ejemplo, nos fascinan de igual modo. Lo que nos interesa a nosotros es la construcción de estos paisajes de resistencia y su reflejo material. Ello no significa que estos movimientos no se vinculen, evidentemente, a determinadas ideologías y proyectos políticos. Por nuestra sesión pasaron arqueólogos y arqueólogas más o menos asépticos, más o menos comprometidos (consciente o inconscientemente) con una causa determinada, más o menos científicos o cientificistas, quién sabe.

Ponencia de Timo Ylimaunu (Universidad de Oulu).

Así pues, algunas aportaciones se centraron en los procesos de resistencia que condujeron a la independencia de jóvenes naciones, como pueden ser los casos de Finlandia, Irlanda o Lituania. Timo Ylimaunu, de la Universidad de Oulu, desgranó a partir de la cultura material la resistencia finesa contra la rusificación de comienzos del siglo XX, la emergencia del movimiento universitario Jaeger y la lucha armada que condujo a la separación de Rusia en 1917. En un año en que se celebra el centenario de la independencia, se ha puesto de moda el estudio arqueológico de la resistencia que llevó a la conformación del Estado-Nación finlandés. Nuestro colega Timo también nos mostró el proceso de memorialización de ese movimiento independentista. En este caso, la Arqueología es una perfecta herramienta al servicio de la ideología legitimadora del Estado.

Ponencia de Eve Cambell (Archaeology and Buil Heritage).

El caso irlandés, a su vez, fue abordado por Eve Campbell, arqueóloga con amplia experiencia, responsable del Archaeology of 1916 project, desarrollado con ayudas oficiales el año pasado, cuando la República de Eire conmemoraba el Alzamiento de Pascua en Dublín contra los británicos, en plena Iª Guerra Mundial. Nuevamente vemos cómo la política pública de memoria de un Estado fomenta las investigaciones arqueológicas sobre eventos clave en la ideología nacionalista. Desde la propia independencia en 1921 comenzaron a imprimirse postales con fotografías de las barricadas, de los puestos de mando y de los escenarios urbanos relacionados con la revuelta. Sin embargo, los restos materiales se han ido borrando a lo largo del siglo XX. En 2016 fue declarado Monumento Nacional una calle, Moore Street, por ejemplo. El equipo de Eve Campbell ha llevado a cabo trabajos de mapeo, prospección y socialización muy similares a lo que hemos hecho nosotros en la ciudad de Vitoria-Gasteiz o lo que hace el fotógrafo Ricard Martínez en el centro de Barcelona con su proyecto Arqueologia del punt de vista.

Ponencia de Gintautas Velius (Universidad de Vilnius).

Por su parte, Gintautas Velius, de la Universidad de Vilnius, presentó el excelente trabajo de documentación, excavación y musealización de refugios, búnkers y otros espacios de resistencia de la guerrilla antisoviética (1944-1965). En los países bálticos, cada cierto tiempo, se desatan polémicas relacionadas con el relato de la 2ª guerra mundial: ¿eran los nazis liberadores de las naciones oprimidas como Letonia, Estonia o Lituania? ¿fue el Ejército Rojo liberador u ocupante? Tras recuperar su independencia en 1990-1991, investigadores e investigadoras de Lituania comenzaron a trabajar sobre ese pasado oculto y prohibido por la URSS, como fue el protagonizado por los partisanos lituanos. De 50.000 militantes, 20.000 murieron en combate, en prisión, o desaparecieron. Entre 1990 y 2015 cerca de 400 lugares reciben protección como monumentos y elementos patrimoniales. El jeven estado lituano apoya la excavación de campos de batalla, búnkers... así como la exhumación de fosas comunes a petición de los familiares de los guerrilleros.


Excavación y musealización de un búnker de los partisanos lituanos antisoviéticos.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Arqueología de (la) guerrilla (I)


Tanto Rui Gomes como yo, Xurxo Ayán, venimos del fin del mundo antiguo, él del país del Alentejo y yo de Galicia. Estos dos territorios de la Península Ibérica han sido emblemáticos espacios de resistencia a lo largo de la historia. Más concretamente, en mi caso, yo vengo de un pequeño pueblo gallego llamado Cereixa. En los años 30 esta aldea era conocida por la militancia izquierdista de sus habitantes. Uno de ellos, O’Reino, era concejal socialista y fue represaliado tras el golpe de estado de 1936. En la década de 1940 esta familia apoyó a la guerrilla antifranquista que luchaba en la zona contra la dictadura. La derrota de la guerrilla fue la causa de la emigración a Cuba de los dos hijos adolescentes de O’Reino. En esos años 50, ambos chavales acabaron por integrarse en la resistencia armada contra Batista en Sierra Maestra, luchando al lado de Camilo Cien Fuegos, Fidel Castro y el Che Guevara. En la fotografía de arriba tenemos a uno de ellos, Manuel, de chófer del Che en su entrada triunfal en La Habana tras el triunfo de la revolución. La guerra que perdieron en España la ganaron en Cuba pocos años después. De la derrota a la victoria, con el Atlántico por medio. A escasos kilómetros de Cereixa se encuentra el ayuntamiento de Láncara. De allí emigró para Cuba el padre de los hermanos Castro a comienzos del siglo XX.
Tanto a Rui como a mí nos fascinan estas historias trasatlánticas que rompen las falsas dicotomías global/local, cultura popular/cultura de élites, gran historia/microhistoria. Cualquier aldea rural de Europa en el siglo XX está conectada con procesos históricos a gran escala, ya sea la emigración, el totalitarismo o la resistencia al poder establecido.

Sesión Arqueología de las guerrillas europeas en el 
23th Annual Meeting de la EAA en Maastricht.

Como le gustaba decir en sus clases en la Universidad de Santiago de Compostela al actual presidente de la European Association of Archaeologists (EAA), Felipe Criado, parafraseando a Michel Foucault: donde hay poder hay resistencia. En la sesión que organizamos sobre Arqueología de las guerrillas europeas en el 23 Encuentro Anual de la EAA colegas de toda Europa nos hablaron de pequeños sitios como la aldea de Cereixa: un callejón oscuro de Dublín, una isla en el Canal de La Mancha, una aldea portuguesa oculta entre cumbres de granito, una cabaña en la tundra ártica, una cueva en las montañas griegas o un claro en la selva de las islas Molucas… espacios al margen del discurso dominante, auténticos no-lugares o paisajes ausentes. Sitios arqueológicos, todos ellos, traumáticos, con los que muchas veces no se sabe qué hacer en el presente. Cuando la resistencia vence, se convierten casi automáticamente en lugares de memoria o monumentos. Cuando la resistencia es derrotada, son destruidos u olvidados, normalmente para siempre.

Ejemplos de refugios de la guerrilla antiestalinista lituana (1944-1953), mostrados 
en la comunicación de Gintautas Velius (Universidad de Vilnius).


Hemos planteado nuestra sesión como un espacio abierto para dar a conocer la microhistoria de algunos de estos lugares, para debatir sobre los procesos de patrimonialización que están sufriendo en el presente. Pero también lo hacemos para recordar, en los tiempos que corren, la importancia de reactivar la resistencia contra el totalitarismo que vuelve a planear sobre Europa. Porque como clamaba el último presidente de la II República Española, Juan Negrín, resistir es vencer.

Fotografía aérea de las ruinas de la casa-refugio 
de la guerrilla antifranquista de Repil, excavada por nosotros en 2016.



domingo, 13 de agosto de 2017

El sondeo ilustrado







Un año más, el ilustrador Enrique Flores vuelve contar nuestras excavaciones a través de sus estupendos dibujos. Desde aquí le agradecemos que ponga su arte al servicio de la arqueología.

sábado, 5 de agosto de 2017

La tierra donde nadie canta



En el poema Hay un sitio, Dimas Lidio Pitty habla de un país en silencio:

Hay un sitio de pájaros y flores
Donde los hombres temen saludarse.

Hay un sitio con mares y montañas
Donde nadie es dueño de su muerte.

Hay un sitio de eterna primavera
Donde el amor ha sido desterrado.

Es una tierra donde nadie canta
Porque el fusil impuso su silencio.

La arqueología de la violencia se practica en tierras donde nadie canta. Incluso a los pies del Hospital Clínico, en Moncloa, tan cerca del centro de la ciudad, las ruinas que hemos excavado parecen solitarias y silenciosas. Aún más ahora que nos vamos y las dejamos, de nuevo, durmiendo bajo tierra.

Fotografía de Álvaro Minguito.

jueves, 3 de agosto de 2017

Y tú más

 ¡No, tú más!

Han pasado casi dos semanas desde que una anécdota en el Valle de los Caídos se convirtiera en trending topic veraniego, alimentado por los reflexivos comentarios de Alfonso Rojo, Hermann Tertsch y hasta un hilo en ForoCoches. Es quizá tiempo suficiente para observar el fenómeno con cierto desapasionamiento. Tratar de responder a las reacciones que ha suscitado la anécdota carecería de sentido, porque en su mayor parte son simplemente insultos y amenazas de la ultraderecha. Pero hay dos argumentos que son dignos de mención. 

El primero es la acusación de que la protesta ante un acto de exaltación franquista es signo de intolerancia. Así, una persona opina que aquello fue una demostración de "intransigencia" que  "rebasó los límites de la tolerancia democrática".  La idea, por lo tanto, es que en democracia vale todo. Hay que ser tolerantes y aceptar todas las opiniones. Lo reconozco, soy un intolerante (como Slavoj Zizek): no me hace gracia que se celebren públicamente los atentados de ETA, que los imanes fundamentalistas aconsejen pegar palizas a las mujeres rebeldes, o que se incite al odio racial. Por lo visto no debo de ser el único intolerante, porque todo ello está penado en nuestra democracia. En la mayor parte de los países democráticos el negacionismo del genocidio cometido por los nazis está castigado por la ley. Y lo mismo sucede con discursos racistas y xenófobos (la ley Gayssot en Francia, por ejemplo). La Comisión Europea, en el artículo 6 del Protoclo Adicional a la Convención sobre el Cibercrimen (2003) firmado por una veintena de miembros, considera que es delito negar cualquier genocidio reconocido como tal desde 1945. La República Checa y Ucrania han promovido leyes que castigan la negación o minimización de los crímenes cometidos en época comunista. El mundo está lleno de intolerantes, afortunadamente. Pero incluso los muy tolerantes de la ultraderecha también tienen sus límites: suelen ser partidarios de la denominada Ley Mordaza y no dudan en poner denuncias por ofensa a los sentimientos religiosos. Por lo visto encarcelar a alguien que hace chistes sobre Carrero Blanco no es intransigencia, reaccionar ante un saludo fascista, sí.



El segundo argumento que aparece en la mayor parte de los comentarios es habitual en el discurso de cierta derecha: y tú más. Un gran número de personas consideran necesario recordarme que el comunismo fue mucho peor que el fascismo. Como si por tratar de frustar un acto de exaltación fascista automáticamente le convierte a uno en apologeta de Stalin o Pol Pot. La reacción, en cualquier caso, es interesante por lo que revela del imaginario político de quienes utilizan tales argumentos.

En primer lugar, entiendo por su ira que se identifican de alguna manera con el Caudillo y su régimen. Piensa el ladrón que todos son de su condición: si a mí me molesta que me toquen a Franco, a este tipo le tiene que molestar que le toquen a Mao. Siento defraudarles: si alguien protesta ante un acto de homenaje a Honecker, Hoxha o André Marty yo seré el primero en aplaudir. Nunca se me ocurriría pensar que están atacando mis ideas o mis valores porque se retire de la circulación sus estatuas o mausoleos.

En segundo lugar, la sutil lógica del "y tú más" da por hecho que solo hay dos posibilidades. Si no eres de derechas es que eres de ultraizquierda. El concepto de ultraizquierda incluye cualquier posición comprendida entre Pedro Sánchez y Kim Il-sung, ambos incluidos. Susana Díaz se salva por los pelos. Esta posición es coincidente con la del franquismo, para el cual todo el que estuviera enfrentado a la dictadura automáticamente quedaba situado en la anti-España judeo-masónica y bolchevique. En esa categoría política entraba desde Julián Besteiro a Trotsky. Desde esta perspectiva, cuando uno es de (ultra)izquierda aplaude necesariamente cualquier acto llevado a cabo por cualquier partido o individuo de izquierdas. Así que por necesidad yo tengo que estar a favor de la Constituyente de Maduro y el plan quinquenal rumano de 1971.

En tercer lugar, los partidarios del "y tú más" dan por hecho que quienes protestamos ante el franquismo ignoramos o minusvaloramos los crímenes del socialismo real. Nuevamente, como esa suele ser una actitud habitual entre los conservadores ante las dictaduras de derechas (sea la de Franco o la de Pinochet), entienden que los que nos situamos a la izquierda del espectro político nos dedicamos a defender que en Ucrania nadie se murió de hambre en 1932 o que la revolución cultural de Mao no estuvo tan mal. Y nuevamente, como ellos mismos hacen, suponen que solo leemos el Libro Rojo de Mao y obras de historia que nos dan la razón todo el rato para sentirnos bien. En realidad los manuales de reafirmación ideológica los consumen fundamentalmente los ciudadanos más conservadores, como demuestran, por un lado, las ventas astronómicas de libros históricos de más que dudosa calidad científica o con una agenda política descarada y, por otro, los comentarios que dejan sus lectores en las tiendas online. El mundo académico, en cambio, resulta que no funciona como las tertulias de la tele (normalmente), y los que trabajamos en ese ámbito solemos informarnos y leer de todo. Quien esto escribe ha leído con atención a Stanley Payne, Julius Ruiz y Michael Seidman, con cuyas interpretaciones discrepa considerablemente. No estoy muy seguro de que quienes me atacan hayan hecho lo propio con Paul Preston, Michael Richards o Helen Graham.

Lo que en última instancia proponen los comentaristas es lo siguiente: dejanos en paz a nuestro Franco y nosotros dejamos en paz a vuestro Stalin. Desgraciadamente a mí ese pacto no me vale -y creo que tampoco le vale a la mayoría de los ciudadanos. Porque ni quiero a Franco ni quiero a Stalin (ni a Khruschev ni a Tito). Parece que insistir en Franco es un capricho ideológico, como si no hubiera sido el dictador que gobernó España implacablemente durante cuarenta años. Lo que quiero es una democracia en la que se respeten los derechos humanos y en la que se construya una historia común en la que honrar a los dictadores -sean del signo que sean- resulte inaceptable. 

Será que soy un antisistema.

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[Nota: soy científico titular en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. NO soy profesor en la Universidad Complutense ni tengo ninguna vinculación oficial con esta universidad desde el año 2009. Los ataques a la Complutense a raíz del suceso en el Valle de los Caídos carecen de justificación]. 

martes, 1 de agosto de 2017

Hallazgos de fin de campaña

No falla. Al final de la excavación aparecen las cosas más interesantes. Hace unos días comenzó a salir a la luz una estructura de ladrillo hueco entre la cantina y el lavadero del Asilo. No le dimos mayor importancia: parece una obra chapucera del período bélico, quizá para conectar ambos edificios. El problema es que hoy el muro de ladrillo ha continuado bajando y bajando. Llevamos ya más de un metro y medio de profundidad y no parece que vayamos a llegar al fondo pronto.

Es un refugio de tropa. Entero, muy bien conservado. Solo le falta la techumbre, que era de uralita cubierta de tierra y escombro. Los soldados lo excavaron en el espacio entre edificios y revistieron las paredes de tierra con ladrillo. El muro es de una cutrez increíble. Cualquier albañil se echaría las manos a la cabeza. En cualquier caso, salvo que se produzca un milagro, no llegaremos a ver el suelo durante esta campaña, porque nos quedan muchos metros cúbicos de tierra que retirar y solo un día de trabajo. 

Es una pena, porque los hallazgos efectuados hasta ahora en el relleno son de lo más interesante: una mezcla de restos de la guerra y de la época del asilo.

Al Asilo de Santa Cristina pertenece sin duda esta tacita con motivos infantiles: unos niños sonrosados y bien vestidos que debían de diferir considerablemente de los huérfanos y "golfos" (según término de la época) que estaban aquí internados. También a esta época pertenecen numerosos restos de vajilla fina (platos, tazas) y cristalería, seguramente donados por las familias ricas que patrocinaban la institución. 

Algunos materiales parecen relativamente recientes dentro de la vida del asilo, como la taza de café de la imagen superior. Pero también aparecen platos con motivos estampados de estilo inglés característicos de mediados del siglo XIX. Es posible que las buenas familias aprovechasen las obras de caridad para desembarazarse de la vajilla del abuela. Algo parecido a lo que hicieron los soviéticos con sus arsenales en 1936. Es curioso pensar en las muchas vidas de esta vajilla: después de haber sido usada por familias burguesas a fines del siglo XIX y niños desamparados a principios del XX, acabó sirviendo rancho legionario durante la Guerra Civil. Y en breve estará en un museo.

Los restos de la guerra comprenden elementos de munición, alambre de espino, miles de fragmentos de botellas de bebidas alcohólicas, botones, restos de trinchas y calzado. El elemento más peculiar es un casquillo de 7 mm envuelto en un trozo de papel de periódico en el que todavía se pueden leer algunas palabras: "...asiste a todos...". 

Mañana todavía seguiremos excavando y llevándonos alguna sorpresa, pero para saber como acaba esta historia tendréis que esperar al año que viene...

lunes, 31 de julio de 2017

Arqueología de la identidad (en el frente)


La zona entre el lavadero y la cantina del Asilo de Santa Cristina no para de darnos sorpresas. Uno de los últimos hallazgos que hemos efectuado es un fragmento de una chapa de identificación. Se trata de una placa reglamentaria de las que se comenzaron a utilizar por parte del Ejército Español a raíz del desastre de Annual en 1921. El modelo en concreto es de los antiguos: una chapa de aluminio considerablemente gruesa, con dos perforaciones en la parte superior y una en la inferior (no conservada), que permitía su uso como pulsera. La única información que recogía era el país (la E de España) y el número de expediente del soldado, que permitiría identificarlo en caso de muerte. Desafortunadamente el ejemplar descubierto ha perdido el registro numérico. Se trata, en todo caso, de un objeto coherente con el contexto: legionarios y regulares eran las tropas que ocupaban la Ciudad Universitaria y ellos fueron los primeros en recibir identificadores personales.



Chapas de identificación españolas partidas y completas (www.ejercitodelturia.com).

La chapa se une a varios elementos de identidad que hemos localizado en esta misma zona: un crucifijo, una insignia de la Falange y otra de la Legión. Todos estos objetos nos hablan de la importancia de mantener y mostrar la identidad tanto individual como colectiva en las sociedades contemporáneas. Y particularmente en contextos donde es fácil perder la identidad radicalmente: en la guerra moderna uno puede quedar desintegrado por una granada de artillera o morir entre desconocidos.


Los soldados del Asilo de Santa Cristina mostraban su pertenencia a una unidad militar (la Legión), una religión (el Catolicismo) y una ideología política (el falangismo). Las dos primeras formas de identidad son muy antiguas. Los legionarios romanos marcaban vasijas, lámparas de aceite, ladrillos y tejas con los indicativos de la unidad a la que pertenecían: son los orígenes del esprit de corps
 Identidad grupal de carácter militar: una antefija de la Legión XX (Wikimedia Commons).

En cuanto a los símbolos religiosos, estos se convierten en elementos importantes en la manifestación de la identidad personal con la difusión de las religiones del libro durante los últimos dos mil años. La fe monoteísta es siempre incompatible con otras creencias (al contrario de lo que sucede con el politeísmo) y resulta fundamental en la construcción del sujeto. Creer en Dios (Alá o Jehová) es parte de quién uno es.


Lámpara con representación de una menorah, símbolo judío (Museo Hecht, Haifa).

 
 Un crucifijo encontrado en las trincheras republicanas de la Ciudad Universitaria. Campaña de 2016.

Las identidades políticas e individuales, en cambio, son mucho más recientes. Las identidades políticas se desarrollan sobre todo a partir de la Revolución Francesa (que es cuando aparece la distinción entre derecha e izquierda) y más claramente durante el último tercio del siglo XIX, con la expansión de la democracia representativa y el sufragio masculino (y posteriormente universal). A partir de inicios del siglo XX se vuelven habituales los símbolos políticos que demuestran la afiliación de una persona a un partido, sindicato o movimiento social, como pueden ser medallas, chapas y anillos (en la actualidad camisetas). La política se convierte entonces en un elemento tan importante para la construcción del sujeto como antes lo había sido la religión. Y de hecho, se puede detectar algo del espíritu religioso en identidades políticas tan opuestas a la religión como el anarquismo.

Por lo que se refiere al desarrollo de la individualidad, tal y como la conocemos ahora es una forma de ser que se desarrolla lentamente desde la Baja Edad Media. Solo durante el último siglo se ha generalizado en el mundo occidental. Hasta ese momento, las identidades relacionales eran predominantes: es más importante el colectivo al que uno pertenece (la familia, la tribu, el clan) que el yo individual, cuya propia existencia puede resultar inconcebible. En España la identidad colectiva ha sido predominante entre las comunidades rurales, los analfabetos y buena parte de la población femenina hasta bien entrado el siglo XX. Quizá por eso las chapas de identificación llegaron bastante más tarde que a otros países de Occidente: en la Guerra Civil todavía resultaban poco habituales, mientras que en la Guerra de Secesión americana (1861-1865) eran ya comunes.

La abundancia de indicativos de identidad colectiva que nos encontramos en la excavación (cruces, esvásticas, yugos y flechas) nos recuerda un hecho que revela Almudena Hernando en su magnífico libro La Fantasía de la Invidualidad: que la identidad del yo es una fantasía. Ante todo somos seres colectivos. Las relaciones siguen siendo cruciales. Los hombres son quienes han negado más la importancia de los vínculos, pues su yo se basa en el éxito individual y en la competición con los demás. Quizá por eso también son los hombres los que han inventado más identidades de grupo (desde unidades militares a clubs deportivos). En realidad seguimos necesitando a la tribu. Y más que nunca cuando nos dedicamos a matarnos entre nosotros, porque los símbolos no solo nos separan del enemigo. También nos recuerdan quiénes somos y que no estamos solos.

jueves, 27 de julio de 2017

En el fondo del pozo, un enigma

Encontramos un pozo misterioso

A veces la arqueología responde bien a los estereotipos: una ciencia que descubre objetos misteriosos en sitios ocultos. No nos hemos topado con la momia (esa está enterrada cerca del Escorial), ni con un tesoro inca, pero el hallazgo es fascinante. Y también las circunstancias.  

Cuando comenzamos nuestras investigaciones en la zona antiguamente ocupada por el asilo de Santa Cristina decidimos practicar varios sondeos de un metro cuadrado para tratar de localizar los restos de las construcciones. En uno de ellos nos encontramos un sillar de granito que en principio consideramos un bloque desplazado del asilo después de la demolición. 

 
Al continuar la excavación vimos que el bloque reposaba sobre una plataforma de cemento. Y esta sobre una arqueta de ladrillo. La arqueta bajaba y bajaba. Así que concluimos que sería un pozo o un viaje de agua. La losa de granito era la tapadera. 

Con ayuda de un pico que hizo de palanca desplazamos la piedra. Al descubierto quedó un hueco circular. Nos asomamos y vimos que se trataba efectivamente de una estructura profunda. Pero no muy profunda: una cinta métrica nos sacó de dudas: 2,70 metros. Lo suficiente para abrirse la cabeza. Bajamos el detector de metales atado a una cuerda y ¡sorpresa! nos ofreció una sinfonía de pitidos (o un concierto de música electrónica más bien). Volvimos a colocar la losa de granito y debatimos qué hacer.

Esto promete.
 
Como no está bien visto poner en riesgo la vida de estudiantes (aunque varios se ofrecieron voluntarios), llamamos a Julio, alpinista experimentado y sin miedo a la muerte. Vino un par de días después y se lanzó por el brocal del pozo armado con un paletín. 

Ahí dentro está Julio.

Nada más empezar a rascar comenzaron a aparecer los tesoros, que subimos a la superficie usando cubos atados con una cuerda.
 

Otro cargamento de tesoros.


Bueno, no exactamente tesoros, si nos ceñimos estrictamente a la definición, pero sí un montón de restos de gran interés arqueológico: miles de clavos, huesos de animales, vidrios, herramientas y, lo más importante desde el punto de vista de la datación, cartuchos, balas y casquillos de Máuser. Estábamos pues ante un basurero de la guerra civil que aprovechó una vieja canalización de aguas del asilo. 

Los objetos en general son banales, pero no por ello menos interesante. Los miles de clavos están posiblemente relacionados con el desmantelamiento de los elementos de madera del asilo, quizá techumbres y muebles. Una razón verosímil: combustible para calentarse en invierno. Los restos de fauna también son significativos: grandes cantidades de cordero, oveja o cabra y vacuno, muchos de ellos con marcas de corte. También espinas de pescado y chirlas. Los legionarios estaban bien alimentados -normal, teniendo en cuenta que estaban en una de las posiciones más duras del frente madrileño, donde uno podía morir en cualquier momento de un morterazo, una mina o el disparo de un francotirador. Los civiles madrileños apenas sí podían soñar con los manjares que se consumían al otro lado del frente.


Pero el miedo a la muerte no se quita comiendo. El alcohol es de más ayuda: del pozo salió una botella de jerez completa y numerosos fragmentos de otras. Se unen a los miles de trozos que estamos documentando junto a la cantina (mayoritariamente de jerez Pedro Domecq y González Byass).

Entre los restos de fauna aparecieron también seres no comestibles -o poco recomendables desde un punto de vista gastronómico: varios restos de ratas de diversos tamaños. Algunas bastante grandes.

Pero el hallazgo de los hallazgos nos apareció en el fondo del pozo. Y es esto:


Sí señor, un símbolo que hasta un neonazi es capaz de identificar (supongo). Una insignia en forma de esvástica. Pero que sea fácil de identificar no significa que sea fácil de interpretar. La esvástica es el símbolo de los nazis desde el año 1920 y a partir de 1933, con la llegada de Hitler al poder, se convierte en un icono tristemente conocido en todo el mundo. Pese a las relaciones del bando franquista con el régimen nazi, la facción más afin a aquella ideología, el falangismo, no utilizó el símbolo regularmente hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial 
 Popurrí de fascismos.

¿Podría ser una insignia de la Legión Condor? Muy poco probable, porque el ejemplar que encontramos da la impresión de que está realizado de forma artesanal e incluso un poco cutre (no están bien alineadas las patas).

¿Cómo interpretarlo pues? Un par de opciones: podría ser una insignia de las milicias vascas, que emplearon insignias con la esvástica tradicional vasca (el laburu, de patas redondeadas), el cual en ocasiones se diseñó de forma idéntica (con patas rectas) a la de los nazis. 


Laburu de diseño desafortunado.

Los vascos lucharon en Madrid y en la primavera de 1937 lanzaron un ataque fallido contra el Clínico. Quizá un legionario capturó a un miliciano o encontró su gorra y se quedó la insignia de recuerdo. Finalmente la perdió y acabó en el basurero. Posible pero, en mi opinión, enrevesado.

Otra opción es que un legionario en sus tiempos libres recortara un trozo de zinc o peltre dándole forma de esvástica, un signo que para los soldados sublevados tenía que resultar familiar. Lo portaban sus aliados alemanes y lo verían en la prensa en noticias internacionales. Es decir, no se trataría propiamente de una insignia (de hecho no tiene enganche alguno y la chapa en que está hecha es muy fina), sino lo que se llama "arte de trinchera". Una forma que tenían los soldados de matar el tiempo, reutilizando materiales bélicos desechados.

En cualquiera de los casos, un enigma.