viernes, 10 de julio de 2015

Guerra en el parque

                       

Es sorprendente la velocidad con que un paisaje civil y cotidiano se transforma en un infierno bélico. Es igualmente sorprendente la rapidez con que las cosas vuelven a la normalidad una vez que acaba todo. Así es la modernidad: construcción, destrucción y reconstrucción se suceden a la velocidad de la luz. Paul Virilio, el arquitecto que fotografiaba búnkeres en las playas francesas, acuñó el término "dromología" para referirse a una ciencia de la velocidad. Su función sería estudiar el vértigo temporal de los tiempos modernos y sus consecuencias políticas, sociales y económicas. 

Quizá por eso la arqueología reciente es tan apasionante: porque trabaja en medio de ese tiempo fugaz. La arqueología del pasado contemporáneo busca las huellas de acontecimientos inconcebiblemente trágicos que sucedieron en épocas muy cercanas. Y sin embargo esas huellas pueden resultar tan esquivas como las de las épocas más remotas de la Prehistoria, si no más. La aceleración de la historia parece no querer dejar testigos detrás. Esto es particularmente cierto en las ciudades, donde las trazas de la violencia se borran de forma más concienzuda. 

Cuesta pensar, por ejemplo, que el Parque del Oeste fue un campo de batalla en tiempo de nuestros abuelos. Los frentes se encontraban a un lado y a otro de los jardines, separados en algunas zonas por apenas 300 metros. El espacio intermedio era una tierra de nadie que poco tenía que envidiar a los campos de Flandes en la Primera Guerra Mundial, perforados por cráteres y llenos de cadáveres. Tras la Guerra Civil el parque se reconstruyó completamente. El terreno se regularizó con el escombro de los edificios bombardeados, tanto del vecino campus universitario como del barrio de Argüelles.

El pasado, como siempre, se resiste a desaparecer del todo. A veces aparece de forma inopinada: durante trabajos de construcción en el campus, frente al Parque del Oeste, aparecieron en los años 90 trincheras y un puesto de tirador franquista, con restos de munición y latas (todo ello junto a ruinas de época romana). 

Otros vestigios nunca han llegado a desaparecer. Por ejemplo, los tres fortines que aún se conservan a lo largo de la Avenida de Séneca. Se construyeron hacia el final de la guerra, y en uno de ellos todavía se puede observar la inscripción de la unidad que lo construyó (Batallón de Zapadores nº7). Desde la lengua de terreno ocupada por los moros y legionarios en noviembre del 36 vigilaban la ciudad traidora. 



Y la acribillaban también. En frente de los búnkeres se encuentra el cuartel del Infante Don Juan. El cuartel, construido en los años 20 y sede del Regimiento de Infantería nº1, leal a la República, sobrevivió a tres años de guerra, pero la violencia quedó marcada en sus muros de ladrillo. Aunque se han tapado los agujeros de bala concienzudamente con mortero, la operación solo ha servido para que las cicatrices se vean más claramente.


El parque esconde otras heridas. Cuando los caminos de grava se agrietan con las lluvias o el riego de las praderas, aparece el espectro de la guerra. Esta vez en forma de escombros de edificios y de desechos del Madrid prebélico: tejas, ladrillos macizos, loza, vidrios. Y entre los desechos algún recuerdo más tangible de la violencia, como esta bala de 7 mm, con las estrías de haber sido disparadas por un fusil, seguramente republicano. 




Los monumentos y memoriales se han hecho para que no olvidemos el pasado. Pero quizá no haya mejor recordatorio de que las cosas realmente sucedieron que los restos arqueológicos.